Hay historias que no caben en una fecha de aniversario. Necesitan el tiempo de una conversación, el peso de los recuerdos y la paciencia de quien ha vivido varias vidas en una sola. La de José Tobías Salazar Morales es una de ellas.

Sentado frente a las primeras ediciones de La Concha, hojea con cuidado unas páginas amarillentas que sobreviven al paso de los años. Cada ejemplar parece devolverlo a una época distinta. Allí no solo está la historia de un periódico; también está la historia de Concepción.

«Me ha tocado ser el primero en muchas cosas», dice con serenidad.

Fue el primer director del Núcleo Educativo del municipio. Más tarde sería defensor público, fiscal y abogado. Pero entre todos esos cargos hay uno que lo emociona especialmente: haber fundado hace 45 años un periódico que terminó convirtiéndose en la memoria escrita de su pueblo.

Un periódico que nació de una pregunta

Todo comenzó con una inquietud.

Mientras recorría las calles de Concepción como director del Núcleo Educativo, José Tobías observaba que casi todos los municipios tenían algún medio de comunicación.

Concepción no.

Habían existido pequeños intentos editoriales que desaparecieron rápidamente. Periódicos impulsados por profesores, jóvenes universitarios o entusiastas de la cultura que no lograban sobrevivir por falta de apoyo económico.

Entonces decidió hacer lo que mejor sabía hacer como educador: investigar.

Con la ayuda de una estudiante que cursaba Estadística diseñó una encuesta para conocer si el municipio realmente quería un periódico.

Cerca de 500 personas respondieron.

El resultado fue contundente.

Más del 95 % manifestó que apoyaría la creación del medio.

«El periódico salió con método científico», recuerda entre risas.

La teoría estaba demostrada.

Ahora faltaba lo más difícil: hacerlo realidad.

El periódico se imprimía con las manos

No había computadores.

No existían programas de diseño.

Ni impresoras.

Las primeras ediciones nacieron en un viejo mimeógrafo del colegio.

Los textos se escribían en una máquina sin cinta para marcar el esténcil. Luego la plantilla se entintaba y comenzaba el proceso de reproducción, hoja por hoja.

Cada ejemplar era casi una pieza artesanal.

José Tobías recorría el pueblo tomando apuntes.

Después escribía las noticias a mano.

Su letra, reconoce, era imposible de descifrar.

Entonces aparecía la primera ayuda familiar.

Su esposa, maestra de escuela, pasaba durante horas traduciendo aquellos garabatos en una caligrafía impecable.

Luego una secretaria del colegio mecanografiaba cada texto sobre el esténcil.

Después venía la impresión.

Y al final, el doblado.

Mil ejemplares.

Uno por uno.

En la mesa de la casa participaban todos: su esposa y sus hijos, que apenas estaban en edad escolar.

Era, literalmente, una empresa familiar.

El pregonero del atrio

Los domingos no existían distribuidores.

Tampoco puntos de venta.

José Tobías viajaba desde Medellín con un enorme maletín lleno de periódicos.

Al terminar la misa se ubicaba en el atrio de la iglesia.

Desde allí anunciaba la llegada de una nueva edición.

El sacerdote incluso ayudaba.

Antes de despedir la eucaristía recordaba a los feligreses que el periódico los esperaba a la salida.

Así comenzó a construirse una comunidad de lectores.

El periódico que incomodaba

La misión de La Concha nunca fue únicamente informar.

También denunció.

Una de las primeras batallas fue el transporte entre Concepción y Medellín.

Las viejas escaleras recorrían durante cinco o seis horas una carretera en malas condiciones.

Transportaban pasajeros, café, papas, gallinas y cuanto pudiera caber sobre la carrocería.

José Tobías escribió una fuerte crítica.

No tardó en aparecer la respuesta.

Uno de los propietarios del transporte, molesto por la publicación, lo esperó en una esquina del pueblo.

Lo acusó de atacar la empresa.

Le preguntó cuántos vehículos tenía él para hablar del servicio.

«Tengo mi Brothers», respondió.

Aquel episodio solo confirmó que el periódico estaba cumpliendo su función.

Con el tiempo, recuerda, la presión ciudadana contribuyó a mejorar el transporte.

No fue la única denuncia.

También publicó que el agua que consumía el municipio provenía de una acequia donde había encontrado un perro muerto.

El alcalde se enfureció.

Pero el periodista nunca se retractó.

«Yo lo vi con estos ojos», insiste todavía.

Cuando escribir se volvió peligroso

La década de los noventa cambió por completo la historia de Concepción.

Llegó la guerra.

Guerrillas, paramilitares y Ejército ocuparon un territorio que durante años vivió bajo el miedo.

Un día apareció un mensajero.

El comandante guerrillero quería verlo.

Pocos días antes, un concejal había recibido una citación similar.

Nunca regresó.

José Tobías entendió el mensaje.

Aceptó la invitación… y ese mismo día salió hacia Medellín.

Durante varios años suspendió la publicación del periódico.

No era posible ejercer el periodismo en medio del conflicto.

Mientras tanto, Concepción sufría desplazamientos, asesinatos y desapariciones que cambiaron para siempre la vida del municipio.

El regreso

En 2008, cuando la violencia comenzaba a disminuir, un alcalde lo buscó.

«Quiero que vuelva con el periódico», le dijo.

Así nació la cuarta generación de La Concha.

Esta vez ya no era un mimeógrafo.

Era un periódico impreso en litografía, a color y con diseño profesional.

Pero las dificultades económicas nunca desaparecieron.

Los costos crecían.

La publicidad era insuficiente.

José Tobías seguía poniendo dinero de su bolsillo.

Hasta que llegó la pandemia.

El aumento en los costos de impresión obligó nuevamente a suspender la edición física y trasladar el proyecto al entorno digital.

La memoria de un pueblo

Mientras termina el conversatorio, alguien recuerda que cuando un estudiante necesita investigar la historia de Concepción suele acudir a las viejas colecciones de La Concha.

José Tobías sonríe.

Tal vez ese sea el mayor logro.

Más allá de las denuncias, los editoriales, las polémicas o los enemigos que ganó durante cuatro décadas, el periódico terminó convirtiéndose en un archivo de la memoria colectiva.

En sus páginas quedaron registradas la construcción de carreteras, la llegada del teléfono, el acueducto, la televisión, los años del conflicto armado y los pequeños acontecimientos cotidianos que también construyen la historia.

Porque, al final, un periódico local nunca habla únicamente de noticias.

Habla de la vida de un pueblo.

Y durante 45 años, esa vida encontró en La Concha un lugar para permanecer escrita.