Por Sergio Correa González, Pbro.
La Colombia de finales del siglo XX vivía una de las épocas más complejas de su historia. Mientras el país enfrentaba la violencia, el recrudecimiento del conflicto armado y una crisis social, otro fenómeno comenzaba a llamar la atención de diversos sectores de la Iglesia Católica: el crecimiento de las prácticas relacionadas con el ocultismo, la brujería, el satanismo y los llamados pactos con el diablo.
Esta realidad fue llevada al conocimiento de la opinión pública por el programa periodístico Enviado Especial, dirigido por el reconocido periodista y escritor Germán Castro Caycedo, cuya investigación fue publicada por el diario El Tiempo el viernes 6 de marzo de 1992 en su sección Cultura y Espectáculos.
El trabajo, sustentado en una consulta realizada en 122 parroquias del país, constituyó uno de los primeros esfuerzos periodísticos por abordar un tema que hasta entonces permanecía prácticamente oculto, recogiendo el testimonio de sacerdotes, fieles y especialmente de quien se convertiría en el principal referente colombiano en este ministerio: Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, obispo de la Diócesis de Sonsón-Rionegro.
La investigación señalaba que numerosos párrocos consultados manifestaban su preocupación por el incremento de personas que acudían a la Iglesia después de haber participado en prácticas de brujería, espiritismo, ocultismo o rituales satánicos. Según los testimonios recogidos por el programa, estas prácticas trascendían las diferencias sociales y económicas, afectando a personas de distintos estratos, edades y niveles educativos.
Para los sacerdotes entrevistados, el fenómeno encontraba explicación en una sociedad cada vez más seducida por la búsqueda inmediata del poder, la riqueza, el éxito y soluciones rápidas a las dificultades cotidianas, circunstancias que llevaban a algunos a recurrir a prácticas incompatibles con la fe cristiana.
En medio de este panorama destacó la figura de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, quien durante más de dos décadas dedicó buena parte de su ministerio episcopal a la atención espiritual de personas que afirmaban sufrir algún tipo de opresión relacionada con prácticas ocultistas. Lejos de presentar una visión sensacionalista, el obispo insistía permanentemente en la necesidad de actuar con prudencia y discernimiento.
En la extensa entrevista concedida a Germán Castro Caycedo, explicó que la Iglesia Católica distingue claramente entre las enfermedades de origen psicológico, psiquiátrico o físico y aquellos casos excepcionales que, después de un cuidadoso análisis pastoral, podrían corresponder a una auténtica acción extraordinaria del maligno.
Para Monseñor Uribe, el fundamento de este ministerio no nacía de creencias populares ni de tradiciones culturales, sino directamente de los Evangelios. Recordaba que Jesucristo dedicó parte importante de su misión a liberar personas oprimidas por el mal y que esa misión continúa presente en la Iglesia a través de un ministerio regulado estrictamente por el Ritual Romano. Explicaba que el exorcismo oficial solamente puede realizarse con autorización expresa del obispo y siguiendo las normas establecidas por la Santa Sede, después de haber descartado cualquier causa médica o psicológica que pudiera explicar el comportamiento del paciente.
Uno de los aportes más valiosos de la entrevista consistió precisamente en la claridad con la que el prelado diferenciaba la posesión demoníaca de la llamada opresión espiritual. Según explicó, la posesión completa de una persona constituye un fenómeno extraordinariamente raro, mientras que la opresión corresponde a una influencia limitada sobre determinados aspectos de la vida humana. Para ilustrarlo utilizó una comparación sencilla: así como un ejército puede ocupar completamente una ciudad o únicamente algunos de sus barrios, también la acción del mal puede presentarse de formas diferentes. Esta explicación permitía evitar interpretaciones exageradas que con frecuencia rodeaban el tema.
Durante la investigación periodística también fueron presentados testimonios de personas que aseguraban haber realizado pactos con el demonio buscando prosperidad económica, reconocimiento o poder. Uno de los casos más impactantes fue el de un hombre quien relató haber recurrido a prácticas ocultistas convencido de obtener beneficios materiales. Según el reportaje, después de experimentar una profunda crisis personal acudió a un sacerdote, iniciando un proceso espiritual que incluyó oración, acompañamiento pastoral y renuncia expresa a aquellas prácticas.
El programa presentó igualmente otros testimonios de personas que atribuían su recuperación física o emocional a la oración realizada por Monseñor Uribe y otros sacerdotes. Estos relatos fueron expuestos como experiencias personales de los protagonistas y como parte de la investigación periodística de la época.
No obstante, el propio obispo insistía en que el verdadero centro de su ministerio nunca era el demonio sino Jesucristo. De hecho, reconocía que hablar constantemente del maligno no resultaba agradable para él y afirmaba que prefería dedicar su tiempo a anunciar el amor de Dios, la acción del Espíritu Santo y la esperanza cristiana. Según sus propias palabras, el ministerio de liberación constituía una obligación pastoral nacida del servicio a quienes sufrían, pero la misión esencial de la Iglesia consistía en anunciar la Buena Nueva y conducir a las personas hacia una vida de fe, reconciliación y paz interior.
La investigación también permitió conocer la dimensión humana del trabajo desarrollado por el obispo. Monseñor Uribe explicaba que muchas personas llegaban desde lugares apartados del país buscando orientación espiritual, no porque existiera una campaña pública alrededor de su ministerio, sino porque quienes habían recibido acompañamiento compartían su experiencia con otras familias. El obispo afirmaba que cada caso requería largas horas de oración, escucha y discernimiento, insistiendo siempre en que jamás debía practicarse un exorcismo cuando existieran dudas razonables sobre la naturaleza del problema, pues un error podía causar graves perjuicios a quien realmente necesitaba atención médica especializada.
Tuvo especial relevancia al hablar acerca del crecimiento del satanismo y del ocultismo. Sin desconocer la existencia de grupos que promovían este tipo de prácticas, advertía igualmente contra el riesgo de exagerar su influencia. En una de las afirmaciones más recordadas de la entrevista señaló que al demonio le interesa tanto que las personas nieguen su existencia como que le atribuyan absolutamente todo cuanto ocurre. Para el obispo, ambos extremos alejaban del verdadero sentido de la fe cristiana, fundada en la confianza en Dios y no en el miedo al mal.
El obispo también explicaba que, según la doctrina católica, la principal protección del creyente no reside en rituales extraordinarios, sino en una vida sacramental constante, la oración, la confesión, la Eucaristía y la vivencia auténtica del Evangelio. Desde esta perspectiva, la respuesta de la Iglesia frente al avance del ocultismo no consistía únicamente en el ministerio del exorcismo, sino en una amplia labor de evangelización, catequesis y acompañamiento espiritual que fortaleciera la fe de las comunidades y ayudara a prevenir que las personas buscaran respuestas en prácticas contrarias a la doctrina cristiana.