Coronada canónicamente en 1959 y declarada Generalísima de los Ejércitos de Colombia en 1999, la imagen que hoy preside la devoción de los rionegreros llegó a la ciudad envuelta en una disputa que, según los relatos, jamás se resolvió del todo a favor de sus dueños originales.

Pocas imágenes religiosas en Colombia acumulan tantos títulos, tantas joyas y tantas versiones sobre su propio origen como Nuestra Señora del Rosario de Arma, patrona de Rionegro. La ciudad se enorgullece de conservar una de las advocaciones marianas más antiguas y veneradas del oriente antioqueño, pero la manera exacta en que la imagen llegó a sus manos depende de a quién se le pregunte.

La versión oficial: del rey Felipe II a la Corona de Carlos III

De acuerdo con los registros históricos de la ciudad, la imagen fue un obsequio del rey Felipe II a la antigua ciudad de Santiago de Arma. Cuando esta población entró en decadencia hacia mediados del siglo XVII, la Corona española decidió trasladar sus títulos, prerrogativas y símbolos a Rionegro, que para entonces ya mostraba un desarrollo notable. El traspaso se concretó a finales de 1783, y con él llegó también la sagrada imagen.

Poco después, el rey Carlos III la nombró Generalísima de los Ejércitos Españoles en el Nuevo Reino de Granada, un título que ató para siempre la devoción mariana a la memoria de la antigua Arma y, más tarde, a Rionegro. Los vecinos de Arma reclamaron insistentemente la devolución de la imagen, pero esta permaneció definitivamente en su nuevo hogar, donde se convirtió en patrona.

La otra historia: un préstamo que nunca se devolvió

Existe, sin embargo, un relato menos protocolario y mucho más humano sobre cómo la Virgen terminó en Rionegro. Lo cuenta Álvaro Arteaga, director del Museo de Arte Religioso de la ciudad, quien ha investigado a fondo la pieza.

Según su versión, hacia 1777 el párroco de Rionegro era José Joaquín González, un hombre nacido en la propia ciudad que había sido viudo, padre de seis hijos, abogado, juez y alcalde antes de ordenarse sacerdote. Consciente de que obtener el codiciado título de «Ciudad» resultaba costosísimo ante la Real Audiencia y la Corona, el cura ideó un atajo: pidió prestada la imagen de la Virgen que se veneraba en la entonces decadente Arma —donde solo quedaba una iglesia deteriorada a cargo de un anciano párroco casi ciego— con el pretexto de organizar una romería. La imagen llegó a Rionegro… y nunca fue devuelta.

El párroco de Arma demandó al de Rionegro ante el gobernador de Antioquia, luego ante el arzobispo de Popayán y finalmente ante la Real Audiencia y el Virrey en Bogotá. En todas las instancias se ordenó restituir la imagen. Pero el sacerdote rionegrero, hábil conocedor del derecho, escaló el litigio hasta la propia Corona española, entonces bajo el reinado de Carlos III, quien en 1786 falló a su favor: la Virgen se quedaría en Rionegro, la ciudad heredaría el nombre y los símbolos de Santiago de Arma, y así nació formalmente como ciudad.

Arteaga añade un dato que pocos conocen: la imagen original que llegó de Arma no es la que hoy reciben los fieles. Aquella talla fue devorada por la polilla y el comején, y en 1874 —en medio de otro conflicto entre el pueblo y el párroco de turno— fue sustituida sin que la comunidad lo notara de inmediato. Según estudios radiográficos realizados por el propio Arteaga, de la imagen original solo se conservan las manos, los pies y algunos elementos internos recubiertos por una talla más reciente, que es la que fue coronada canónicamente hace más de sesenta años.

Honores, coronación y un tesoro bordado a mano

Con el paso de los siglos, la devoción trascendió lo local. El 28 de noviembre de 1958, el papa Juan XXIII la declaró Patrona Principal de la Diócesis de Sonsón. Meses después, el 8 de febrero de 1959, fue coronada canónicamente en Rionegro por el nuncio apostólico Paolo Bertoli, en una ceremonia multitudinaria que reunió a autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Desde entonces también se le venera bajo el título de Emperatriz Soberana.

La imagen mide un metro con veinticinco centímetros de altura y descansa sobre una peana de plata de 27 centímetros. Su manto azul rey, obsequio de monseñor Juan Manuel González Arbeláez, pesa 34 kilos: está bordado con hilo de oro de 24 quilates y 1.403 perlas finas, en un trabajo que a diez religiosas españolas les tomó ocho años completar. El vestido, de seda blanca tejida con hilo de oro, suma otras 1.301 perlas. Entre las joyas del tesoro destaca una corona imperial que, según la tradición, también fue regalo de Felipe II.

Entre los honores civiles recibidos figura el título de Presidenta Perpetua del Concejo Municipal de Rionegro, y el 8 de septiembre de 1999, en la Plaza de la Libertad, la ciudad la proclamó Generalísima de los Ejércitos de Colombia.

Dos relatos, una misma devoción

Sea por decreto real o por la astucia de un párroco que no quiso devolver un préstamo, lo cierto es que Nuestra Señora del Rosario de Arma lleva más de dos siglos como eje espiritual e identitario de Rionegro. Hoy reposa en un camarín recamado en oro dentro de la Catedral de San Nicolás El Magno —templo que, según recuerda Arteaga, cumple 220 años de haber sido erigido en su honor—, como homenaje filial de una ciudad que, entre la historia oficial y la memoria oral, sigue disputándose el origen exacto de su patrona más querida.