1.Habla, Señor, porque tu siervo escucha (1 Sam. 3, 10). Soy tu siervo, alumbra mi inteligencia para entender tus mandamientos (Sal. 118, 125). Dame un corazón dócil para escuchar tus palabras y que ellas fluyan en mi alma como un rocío.

Decían una vez los hijos de Israel a Moisés: Háblanos tú, y te escucharemos; que no nos hable el Señor, no sea que muramos (Ex. 20, 19).

No es esta, Señor, no es esta mi oración. Antes bien te pido con humildad y con ansia, a semejanza del profeta Samuel: Habla, Señor que tu siervo escucha (1 Sam. 3, 10).

Que no me hablen Moisés ni ninguno de los profetas. Es mejor que hables tú, Señor Dios, inspirador y alumbrador de todos los profetas, porque tú solo, sin ellos, me puedes instruir perfectamente, mientras que ellos, sin ti, de nada me servirán.

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Fuente: Tomas de Kempis. La Imitación de Cristo. Edición Paulinas.