He pecado, Señor, he pecado, ten piedad de mí, dame tu perdón

3. ¿Qué te diré yo, culpable como soy y lleno de vergüenza? No tengo atrevimiento sino para decir: he pecado, Señor, he pecado, ten piedad de mí, dame tu perdón. Déjame llorar por un tiempo mi dolor, antes que me vaya a aquella tierra tenebrosa y cubierta de sombras de la muerte (Job 10, 20-21).

¿Qué es lo que más quieres de un culpable y miserable pecador, sino que se arrepienta y llore por sus pecados?

De la sincera contrición y de la humillación interior brota la esperanza del perdón, se reconcilia la conciencia trastornada, se recupera la gracia perdida y se protege el hombre de la ira futura. Dios y el alma arrepentida se apresuran para darse fraternalmente el abrazo de paz.

Lea también: ¿Qué he merecido por mis pecados, sino el infierno o el fuego eterno?

Fuente: Tomas de Kempis. La Imitación de Cristo. Edición Paulinas.

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