Tú conoces todas y cada una de las cosas que han de suceder y nada hay oculto para ti en la conciencia humana

6. Padre amado, estoy en tus manos, me inclino ante la vara que me corrige. Fustiga la espalda y mi cerviz para que enderece mi camino torcido hacia tu voluntad. Conviérteme en discípulo piadoso y dócil, como tú bien sabes hacerlo, para que te obedezca a una simple indicación tuya. Todo de mi ser y todo lo mío te lo entrego para que lo corrijas. Es preferible se reprendido aquí que en la vida futura.

Tú conoces todas y cada una de las cosas que han de suceder y nada hay oculto para ti en la conciencia humana. Tú conoces las cosas que han de suceder antes que acontezcan y no hay necesidad que alguien te avise o te advierta de lo que está ocurriendo sobre la tierra.

Tú sabes lo que conviene a mi progreso y cuánto ayuda la tribulación para que desaparezca la herrumbre de los vicios. Haz conmigo lo que desea tu voluntad y no quieras juzgar severamente mi vida de pecado que nadie conoce mejor ni más claramente que tú.

Lea también: Nada de cuanto hay bajo el cielo me puede consolar

Fuente: Tomas de Kempis. La Imitación de Cristo. Edición Paulinas.

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