Capítulo 59 | Toda esperanza y toda confianza se deben poner a Dios

1. Señor, ¿cuál es la mayor confianza que debo tener en esta vida? ¿Cuál mi mayor consuelo entre todas las cosas que se ven bajo el cielo? ¿Acaso no eres tú, Señor y Dios mío, cuyas misericordias no tienen límite? ¿Dónde me fue bien sin ti? O ¿cuándo me fue mal contigo?

Prefiero ser pobre por ti, que rico sin ti. Prefiero ser peregrino sobre esta tierra contigo, que poseer el cielo sin ti. Donde estás tú, hay cielo; y dónde tú no estás, hay muerte e infierno. Tú eres mi anhelo y por eso no cesaré de orar, gemir y clamar en pos de ti.

En una palabra, no puedo confiar plenamente en nadie con la absoluta seguridad de que me ayudará oportunamente en mis necesidades. Sólo lo puedo esperar en ti, Dios mío. Tú eres mi esperanza (Sal. 141, 6) y mi confianza; en todas las circunstancias, tú eres para mí el consolador más fiel.

Lea también: Alegraos los humildes y regocijaos los pobres, porque el reino de Dios es vuestro

Fuente: Tomas de Kempis. La Imitación de Cristo. Edición Paulinas.

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