Te glorifico, mi Dios, y te celebro eternamente

2. Dulcísimo y bondadosísimo Jesús, ¡cuánta veneración, cuánta gratitud y alabanza incesante se te deben tributar por la recepción de tu cuerpo sacrosanto, cuya dignidad no es capaz de expresar ninguna lengua humana!

¿Qué pensamientos deberé tener al acercarme a mi Señor en esta comunión, al Señor que no alcanzo a venerar en la medida debida y que, sin embargo, deseo recibir con sentimientos de devoción?

¿Qué pensamiento más oportuno y más provechoso que rebajarme totalmente frente a ti ensalzando tu bondad infinita en mi persona?

Te glorifico, mi Dios, y te celebro eternamente. Me desprecio y desde el abismo de mi miseria me someto totalmente a ti.

Lea también: Capítulo 2 | En el sacramento se manifiestan al hombre la gran bondad y el amor de Dios

Fuente: Tomas de Kempis. La Imitación de Cristo. Edición Paulinas.

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